Me he encontrado esto en Facebook y vale la pena leerlo, aunque discrepo de algunas cosas es importante escuchar a todos, sobre todo alguien que dice haber vivido en carne propia los Tranques que hicieron temblar a la dictadura sandinista.
Escrito por Alex Moraga.
En Nicaragua se ha querido imponer una lectura demasiado simple de la realidad, de un lado los buenos, del otro los malos; de un lado el antisandinismo puro, del otro el sandinismo entero como si fuera una sola cosa. Pero la realidad nunca ha sido tan fácil, y la política seria no puede partir de caricaturas morales.
En abril de 2018 muchos nicaragüenses que venían del sandinismo se pusieron del lado del pueblo. Esa es una verdad innegable. En las calles, en los tranques, en los “turqueos”, no solo hubo liberales o gente sin pasado político. También hubo hijos de sandinistas, ex sandinistas, gente criada en ese mundo, que cuando llegó la hora de escoger entre la obediencia a Ortega y la dignidad, escogieron al pueblo.
Por eso no se puede meter a todos en la misma cesta. No todo el que viene del sandinismo es igual, como tampoco todo el que se dice antisandinista está del lado correcto de la historia. Hay liberales con alma autoritaria caudillista y hay sandinistas de origen que hace rato rompieron con la dictadura. La división verdadera no es entre rojinegros contra azul y blancos. La división verdadera es entre quienes sostienen la opresión y quienes están dispuestos a desmontarla.
Sí hay un sector que representa un peligro profundo, lo admito, es la élite intelectual y política del sandinismo, tanto la que hoy manda como la que todavía romantiza la revolución. Esa élite carga una ceguera histórica grave. Después de tantos años, de tantos fracasos y de tantos muertos, todavía no acepta que ese modelo no liberó a Nicaragua. La encerró otra vez en la lógica del caudillo, del partido absoluto, de la obediencia y del miedo. Quisieron vender una promesa de emancipación y terminaron pariendo otro monstruo, incluso peor que el somocismo, porque aprendió a disfrazarse de pueblo mientras lo aplastaba.
Esa vieja cultura política sigue siendo peligrosa, aun cuando se presenta con lenguaje crítico, académico o disidente. Porque no termina de romper con el mito original. Y mientras no se rompa con ese mito, Nicaragua seguirá tropezando, cambiando de amo sin cambiar de lógica.
Después están los responsables directos de la represión: altos mandos, operadores políticos, alcaldes serviles, jefes policiales, militares comprometidos con el aparato de control y paramilitares que ensuciaron sus manos persiguiendo al pueblo. Ahí no puede haber confusión moral ni política. Esa cúpula no fue arrastrada por las circunstancias: tomó decisiones, sostuvo el terror y defendió privilegios. Esa élite no merece blanqueamiento, ni reciclaje, ni perdón político fácil.
Más abajo está toda una red de operadores menores: informantes, vigilantes, sapos, gente usada para controlar barrios, instituciones y comunidades. Muchos de ellos no son arquitectos del sistema, sino piezas de un engranaje que los utiliza mientras les hace creer que tienen poder. Y más abajo todavía está esa base sandinista no orteguista, gente que quizás cree en una idea vaga de justicia social, o en una historia heredada, pero que en realidad nunca ha tenido voz ni poder dentro del sistema. Han servido para votar, para llenar plazas, para repetir consignas, pero nunca para decidir.
Ahí es donde hay que pensar con inteligencia. No desde el odio, sino desde la comprensión del país real. Si el sandinismo como proyecto político debe agotarse y desaparecer, eso no ocurrirá solo por decreto ni por insultos en redes sociales. Mucho menos por una narrativa de humillación permanente. Las identidades políticas no se desmontan a puro desprecio. Se desmontan quitándoles el mito, mostrándoles el engaño y separando a la base de la élite que la manipula.
Eso exige una narrativa firme, pero no torpe; crítica, pero no ciega; capaz de señalar responsabilidades sin empujar a todo un sector social a encerrarse otra vez en la defensa tribal. Una cosa es combatir el sandinismo como aparato de dominación, y otra muy distinta es renunciar a disputar a la gente que ha vivido bajo su influencia.
Ocho años después de abril, cada quien ya conoce a los suyos. Cada quien sabe quién estuvo del lado del pueblo, aunque haya tenido pasado rojo y negro, y también sabe quién jamás rompió con Ortega porque su lealtad no era con Nicaragua, sino con el poder. Esa experiencia dejó una enseñanza valiosa, la historia no se divide entre puros e impuros. Se divide entre los que, llegado el momento, defendieron la dignidad humana, y los que decidieron aplastarla.
Por eso la reconciliación con la base no puede confundirse con impunidad para la cúpula. A la base se le habla, se le disputa, se le invita a salir de la obediencia. A la élite represiva se le señala y se le somete a justicia. Son planos distintos. Confundirlos es un error político y también moral.
En el Ejército, como en toda institución, debe haber gente que todavía conserve sentido de patria. Nicaragua no puede pensarse solo desde el castigo, sino también desde la posibilidad de que algunos, a tiempo, rompan con la decadencia del régimen y se coloquen del lado correcto de la nación. Eso no borra responsabilidades donde las haya, pero sí obliga a entender que los procesos de cambio reales casi nunca ocurren cuando todos los de adentro son tratados como enemigos absolutos e irrecuperables.
La Policía, en cambio, quedó mucho más comprometida como estructura partidizada y represiva. Su nivel de degradación institucional ha sido demasiado profundo. Un nuevo tiempo político no puede simplemente maquillarla; tendrá que transformarla de raíz hasta romper su carácter de aparato sandinista armado contra la población.
En resumen: Nicaragua necesita superar no solo a Ortega y Murillo, sino también la mentalidad que los hizo posibles. Y esa mentalidad no se derrota con purismo de Facebook ni con discursos de superioridad moral. Se derrota entendiendo al país, diferenciando responsabilidades, aislando a la élite culpable y abriendo espacio para que parte de la base deje de servir a sus verdugos.
Porque al final, una transición inteligente no consiste en odiar mejor que el adversario. Consiste en desmontar su poder, vaciarle la base y dejarlo solo con su cúpula. Ahí empieza de verdad el fin de una dominación.
Atentamente: Charnel
Posdata: Para aquellos que quieran malinterpretar mis palabras con su purismo parroquiano, ninguno de ustedes estuvo conmigo cuando nos pasaban las balas sobre la cabeza, ninguno de esos señores de 50 y 60 años ayudó a cargar a mis broderes heridos de bala por la “pesca”. Ustedes no tienen moral para decirnos como pensar.
Lo que pienso sobre lo que Moraga expone:
El autor de este escrito, en mi opinión señala cosas interesantes que no están alienadas a la realidad y al mismo tiempo escribe muchas cosas que son verdades; el sandinismo como tal es perverso, una ideología que ha marcado a varias generaciones de nicaragüenses que todavía creen que el partido los salvará de los problemas cotidianos y que en realidad los hunde más en la decadencia moral.
En realidad, el sandinismo y la gente que conforma la organización son culpables de que el tirano siga en el poder, porque todos, unos más otros menos han contribuido a que la cúpula siga en el poder, porque desde el barrendero hasta el alcalde del pueblo han permitido y han sido parde de los desmanes del aparato opresivo sandinista, ya sea en la corrupción o en la represión de sus propios vecinos.
Todos desde El Carmen hasta el sapo más arrastrado o lo más sencillo tienen la culpa, poca o mucha, del desmadre sandinista.
Es muy cierto que en el 2018 participaron todos los nicaragüenses que sabían lo malvado que era o es el sistema impuesto por los sandinistas; en la rebelión si se le puede llamar así, habían de todas las ideologías, aunque muchos participaron sin saber realmente que ideología trataban de defender, simplemente querían deshacerse de Ortega, pero no del sandinismo, porque eso estaba en segundo plano y no como prioridad.
También es cierto que por la falta de cultura política hemos elegido a liberales que nunca lo fueron, solo de nombre, liberales que con las mismas mañas y ansias de poder, ayudaron por poder político y económico a sembrar al sandinismo; hay sandinistas buenos que son un ejemplo para la sociedad, buenos padres, buenos hijos, buenos hermanos, buenos ciudadanos, trabajadores, pero sin moral alguna para llamarlos buen nicaragüense, ya que gracias a esa población el sandinismo se ha sostenido, sabiendo muy bien que su gobierno es perverso, pero la supervivencia es más fuerte que lo moral y ven de largo sin decir nada todos los abusos en todas las esferas de la sociedad nicaragüense de parte del sandinismo.
Y es ahí donde está la división entre los nicas. Entre los rojinegros, los azules y blancos y el verdadero anti sandinista; los rojinegros han mantenido en el poder a la cúpula, porque saben que sin ellas no habrán más prebendas de “su buen gobierno”, los azules y blancos, los que ya todos conocemos, quieren sacar a Ortega pero mantener ciertas cosas del “sandinismo bueno” y los verdaderos anti sandinistas, que son tan azules y blancos como los que quieren sacar a Ortega, quieren desaparecer todo el aparato sandinista impuesto desde su creación en el país, debido a que ese es el gran mal que tiene a Nicaragua sumida en la desesperanza. Los dos últimos quieren desmontar a la dictadura de Ortega, pero solo un grupo quiere desmontar a Ortega y a todo lo que sea sandinismo, esa es la división entre los dos grupos azules y blancos y estos dos grupos entre los quieren mantener a Ortega en el poder, los rojinegros.
Lo que menciona sobre los intelectuales, que son los que quieren mantener al “sandinismo bueno”, al “sandinismo romántico” y realmente son un peligro para tranquilidad de todos; porque esa “vieja cultura política sigue siendo peligrosa, aun cuando se presenta con lenguaje crítico, académico o disidente. Porque no termina de romper con el mito original. Y mientras no se rompa con ese mito, Nicaragua seguirá tropezando, cambiando de amo sin cambiar de lógica.”
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