La declaración “Autodeterminación y soberanía para Nicaragua”: la jugada para salvar el sandinismo histórico y enterrar su pasado criminal


Por María Libertad Nicaragua


La declaración “Autodeterminación y soberanía para Nicaragua” no es un simple llamado humanitario, sino una operación política de alto nivel. El documento, firmado el 30 de septiembre de 2026 por más de 200 personalidades de la izquierda y el progresismo latinoamericano, se presenta como una defensa de la soberanía del pueblo nicaragüense frente al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Entre los firmantes destacan el expresidente chileno Gabriel Boric, exfuncionarios de la CIDH como Antonia Urrejola y Paulo Abrão, dirigentes del Frente Amplio de Uruguay y Costa Rica, además de diversos intelectuales y activistas.

En apariencia, dice lo correcto: denuncia el exilio de cientos de miles de nicaragüenses, la persecución de disidentes, la consolidación de un poder familiar y autoritario, y exige la liberación de presos políticos, el restablecimiento de libertades y condiciones para que los nicaragüenses decidan libremente su futuro. Repite como mantra: “No pedimos que nadie decida por Nicaragua… Ni una potencia extranjera. Ni una familia. Ni un autócrata”.

Esta declaración no es solo una crítica a una dictadura. Es el intento calculado de rescatar el mito fundacional de 1979, camuflar su pasado represivo bajo el paraguas de los derechos humanos y reposicionar al sandinismo histórico —ahora reciclado en la oposición— como la única izquierda “democrática” legítima de Nicaragua. Una jugada estratégica de rehabilitación ideológica disfrazada de solidaridad.

La coincidencia temporal y temática entre las declaraciones públicas de Mónica Baltodano (finales de septiembre de 2026) y la aparición, el 30 de ese mismo mes, de la declaración “Autodeterminación y soberanía para Nicaragua” firmada por más de 200 referentes de la izquierda latinoamericana no es casual. Es un indicador de convergencia estratégica dentro de un campo político específico: el sandinismo disidente que se reclama heredero legítimo de 1979.

Pero el verdadero contenido revelador está en lo que reclama y en lo que omite. La declaración no ataca al sandinismo como proyecto histórico. Al contrario: lo reivindica. Afirma que el poder dinástico de Ortega y Murillo “no representa los principios de una izquierda democrática” y que “la solidaridad con una revolución nunca puede convertirse en lealtad incondicional a quienes alguna vez participaron en ella”. Es decir, separa cuidadosamente al sandinismo “puro” de 1979 del orteguismo actual. Reclama la herencia simbólica de la Revolución para entregársela a quienes hoy se presentan como su legítima continuación democrática: el sandinismo “renovador” agrupado en el MRS/Unamos (bloque integrado por figuras como Dora María Téllez, Ana Margarita Vigil, Suyén Barahona o Luis Blandón) y el Rescate del Sandinismo Histórico donde destaca la influencia de los guerrilleros Mónica Baltodano, su esposo Julio López y la hija de ambos, Mónica López Baltodano.

Ahí está la operación. Bajo el lenguaje impecable de derechos humanos y autodeterminación, se intenta blanquear el pasado totalitario del propio proyecto sandinista histórico. Se borra de un plumazo la represión de los años 80, la censura, la militarización de la sociedad y el autoritarismo que ya caracterizaba a la Revolución sandino-marxista. Todo se reduce a una “desviación” reciente de una familia. El mito de 1979 queda intacto, rescatado y listo para ser usado otra vez como capital moral.

La declaración no es neutra. Es un llamado explícito a la izquierda latinoamericana para que abandone el silencio cómplice con Ortega… pero solo para transferir esa legitimidad a otra fracción del mismo árbol genealógico. No cuestiona el origen del poder autoritario en Nicaragua: lo reescribe. Convierte la crisis actual en una disputa interna por la pureza sandinista, donde los firmantes y la oposición en el exilio aparecen como los verdaderos herederos de la Revolución, mientras el régimen de Ortega es presentado como su traición.

Lo que se observa es una sincronización de mensajes. Mientras Baltodano, desde Costa Rica, exige a gobiernos progresistas (especialmente Brasil) una condena inequívoca del régimen Ortega-Murillo y denuncia la deriva dinástica, la declaración colectiva —encabezada por Boric— traduce ese mismo diagnóstico al lenguaje de la izquierda continental: el poder familiar no representa “los principios de una izquierda democrática”; la solidaridad con la revolución no puede ser lealtad incondicional a quienes la traicionaron; la soberanía pertenece al pueblo y no a una familia ni a un autócrata. El marco conceptual es idéntico: separar al sandinismo histórico “puro” del orteguismo actual, preservar el capital simbólico de 1979 y reclamarlo para la oposición disidente.

Baltodano no es una voz aislada. Como “guerrillera histórica”, fundadora del Movimiento por el Rescate del Sandinismo y figura central del espacio MRS/Unamos, mantiene desde hace años vínculos densos con sectores de la izquierda chilena y sudamericana, incluyendo círculos cercanos a la Internacional Socialista y a redes progresistas que hoy gravitan alrededor de figuras como Gabriel Boric. Esas relaciones no son meramente personales: constituyen un canal de interlocución privilegiado entre la oposición sandinista renovadora en el exilio y las élites políticas e intelectuales de la izquierda regional que todavía se resisten a abandonar del todo el mito de la Revolución Sandinista.

Esta convergencia cumple una función política precisa. Para el sandinismo renovador, la declaración de la izquierda latinoamericana ofrece un paraguas de legitimidad internacional que diluye las acusaciones de “traición” que el régimen les lanza y, al mismo tiempo, los posiciona como la única alternativa de izquierda viable. Para sectores de la izquierda regional, firmar el documento les permite marcar distancia con Ortega sin tener que renunciar al relato fundacional de la Revolución ni confrontar de manera profunda las prácticas autoritarias que ya existían en los años ochenta. Es una operación de salvaguarda simbólica: se critica al dictador del presente para rescatar el mito del pasado.

Esta perfecta coreografía política no nace en el vacío. Detrás de la sintonía discursiva se adivina la mano y la constancia de Mónica Baltodano, quien ha sido durante años la encargada de mantener viva y activa la red de interlocución con la izquierda latinoamericana. Sus densos vínculos con los satélites de la Internacional Socialista y con las élites progresistas explican por qué el diagnóstico de la disidencia nicaragüense encontró un eco tan inmediato y fiel en el Cono Sur.

En un nivel más profundo, esta sincronía entre el discurso de Mónica Baltodano y la declaración “Autodeterminación y soberanía para Nicaragua” revela la persistencia de una disputa por la herencia sandinista. No se trata solo de oponerse a Ortega. Se trata de quién tiene derecho a hablar en nombre de la Revolución de 1979, quién puede reclamar su moralidad residual y quién puede presentarse ante la izquierda continental como su legítimo continuador. La declaración y las intervenciones de Baltodano forman parte de esa batalla por el relato. Y en esa batalla, la coincidencia no es accidental: es expresión de una red que sigue activa, que sigue tejiendo y que sigue intentando convertir la crítica al orteguismo en rehabilitación del sandinismo histórico bajo el lenguaje contemporáneo de los derechos humanos y la autodeterminación.



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