
Por María Libertad Nicaragua
El cambio de uniforme: de represores a activistas. El sandinismo histórico mantiene una red de infiltración activa para controlar el relato de izquierda, ambientalista y de derechos humanos en Nicaragua. Antiguos cuadros revolucionarios, hoy confrontados con Daniel Ortega y Rosario Murillo, operan de forma coordinada para evitar que surja una alternativa política antisandinista y anti izquierdista. Su objetivo es asegurar que la “esencia” de la gesta de 1979 quede limpia de las atrocidades cometidas por ellos mismos durante la revolución sandino-marxista de los años 80.
Los cuatro pilares de la hegemonía disidente:
Quienes conocemos y detectamos la existencia de esta estrategia de control cultural y político nos basamos en cuatro pilares principales:
• Monopolio del lenguaje progresista: Figuras asociadas al sandinismo histórico —incluyendo intelectuales, exguerrilleros y directores de ONG—lideran las principales plataformas de denuncia internacional. Al capitalizar conceptos como “justicia social, “derechos humanos”, “libertad religiosa”, “inclusión”, “igualdad” o “ecologismo”, desplazan las narrativas conservadoras y antisandinistas del debate público.
• Mutación e institucionalización civil: El sandinismo de la década de 1980 perfeccionó redes de organización comunitaria, comités de defensa y asociaciones profesionales. Tras la derrota electoral de 1990, estas estructuras no desaparecieron, sino que mutaron en organizaciones de desarrollo, ambientalistas y de derechos humanos que hoy actúan como un ecosistema cerrado que se autoprotege.
• La ley de la omertá histórica: Este entramado guarda un silencio hermético sobre el pasado. Evitan hablar o denunciar los crímenes de lesa humanidad, la represión, los delitos y las actividades ilegales cometidas durante su propio periodo en el poder, aplicando una estricta ley del silencio para preservar su impunidad moral.
• Control del relato y salvaguarda del mito: Al culpar exclusivamente a la “deriva dinástica y autoritaria” de Daniel Ortega y Rosario Murillo, los sectores del sandinismo disidente logran rescatar el mito fundacional de la revolución de 1979. De este modo, desvían la atención y evitan que se juzguen los abusos, las expropiaciones masivas y las sistemáticas violaciones de derechos humanos cometidas durante la primera dictadura sandinista.
Contraargumentos de la disidencia y su refutación:
La mayoría de los sociólogos, economistas y politólogos que hoy conforman la llamada “oposición nicaragüense” provienen de las filas del sandinismo marxista y ateo. Sus trayectorias se originaron en el vivero intelectual y universitario que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) estructuró desde su fundación en 1961. A pesar de su origen, estos sectores sostienen que la tesis de una red de infiltración coordinada es una lectura conspirativa de la realidad. Las razones que alegan para descartar una infiltración estratégica vertical son:
• Persecución real y desmantelamiento: Sostienen que el régimen de Ortega no ha hecho distinciones ideológicas a la hora de reprimir. Argumentan que las ONG fundadas por la disidencia (como el MRS/Unamos, la Fundación del Río o el Centro de Estudios Internacionales) han sido canceladas y confiscadas, y sus líderes desterrados o encarcelados, lo que a su juicio demostraría la inexistencia de un guion de connivencia con el poder actual.
• Autonomía generacional: Afirman que las figuras de la nueva generación de activistas —como Mónica Baltodano López (hija de los exguerrilleros Mónica Baltodano Marcenaro y Julio López Campos), Amaru Ruiz (presidente de la Fundación del Río e hijo de Antonio José Ruiz, fundador de dicha organización) o los líderes estudiantiles de las protestas de 2018—responden a estándares internacionales de derechos humanos del siglo XXI y no a las directrices de los viejos cuadros del pasado.
Sin embargo, quienes ejercemos una oposición frontal y genuina al sandinismo identificamos que esta defensa es una narrativa falaz y calculada. Su verdadero propósito es diluir las responsabilidades históricas, desviar la atención y opacar la memoria del exilio nicaragüense de la década de 1980, pretendiendo borrar con retórica el impacto de sus propias acciones del pasado.
Es indudable que este bloque de viejos comandantes, cuadros y operadores políticos de la Dirección Nacional del FSLN de los años 80 son verdaderamente quienes manejan la agenda progresista, marcan las pautas de la oposición anti-Ortega y tienen un enorme peso ante la izquierda internacional.
El núcleo histórico e intelectual está plenamente identificado: figuras como Luis Carrión, Henry Ruiz (en su época Hugo Torres, fallecido bajo custodia de sus antiguos correligionarios, y Humberto Ortega, a quien la dictadura de su hermano confinó en su casa y dejó morir podrido), Dora María Téllez, Mónica Baltodano y el ex vice dictador Sergio Ramírez Mercado sostienen una red para controlar el relato opositor. A ellos se suman otros exguerrilleros convertidos en sociólogos y economistas como Oscar René Vargas; el exagente de la tenebrosa Seguridad del Estado, Irving Larios, convertido en activista; el periodista Carlos Fernando Chamorro (el director doctrinero de la propaganda sandinista en los años 80) y sus pupilos, entre ellos Wilfredo Miranda Aburto; así como las escritoras y poetas Gioconda Belli y Daisy Zamora. Todos ellos constituyen la plana mayor del FSLN de los años 80 que utiliza el activismo de derechos humanos, los galardones periodísticos, literarios y culturales como escudo para blindar sus crímenes del pasado.
En la próxima entrega hablaremos del fenómeno del reciclaje político de la disidencia del sandinismo histórico y cómo se estructuró a través de un proceso sistemático de blanqueamiento institucional, narrativo y social. –
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