Por María Libertad Nicaragua
Llamar “ultraderecha” a quienes rechazan el sandinismo es un truco viejo y cínico. Es la forma más fácil de deslegitimar a quien no acepta tu marco ideológico. No se necesita ser “ultra” para oponerse a un proyecto que adoctrina, confisca, persigue a la Iglesia católica, militariza la sociedad, destruye la propiedad privada y convierte al Estado en un instrumento decontrol total. Eso no es extrema derecha, es sentido común, memoria histórica y defensa elemental de la dignidad humana. Rechazar el sandinismo no es ultraderechismo, es el mínimo de dignidad.
Que nos llames “ultraderecha” no nos insulta, solo demuestra que no tienes argumentos. La mayoría de los nicaragüenses que detestan el sandinismo no están soñando con restaurar una monarquía absolutista ni con implantar un régimen teocrático. Quieren algo mucho más sencillo y radical a la vez:
Que el Estado deje de ser el dueño de todo y de todos.
Que la fe católica no sea perseguida, ni ridiculizada ni INSTRUMENTALIZADA.
Que la familia no sea tratada como un obstáculo ideológico.
Que la propiedad y el trabajo dejen de ser botín revolucionario.
Que Nicaragua deje de construirse sobre el culto a “héroes y mártires” y el endiosamiento a caudillos.
Eso no es ultraderecha. Eso es el mínimo de civilización que cualquier pueblo sano exige después de décadas de experimento totalitario. Quienes usan el término “ultraderecha” como arma no buscan describir la realidad.
Buscan asustar, aislar y reducir al silencio a quienes se niegan a aceptar una transición light, controlada y todavía teñida de sandinismo. Prefieren que el debate se quede en “dictadura Ortega-Murillo” porque así pueden seguir negociando con las mismas estructuras, las mismas mentalidades y el mismo imaginario que produjo a esa dictadura. Rechazar el sandinismo no nos convierte en extremistas. Defenderlo, después de todo lo que ha hecho, sí nos acerca peligrosamente a la complicidad.
Dices, con esa seguridad de quien habla desde el exilio y desde las páginas de El País o Divergentes, que los nicaragüenses quieren “acabar con la dictadura Ortega-Murillo”. Es una frase cómoda, mediática, que suena bien en foros internacionales y en campañas de recaudación. Pero es incompleta, diluida y, en el fondo, engañosa. Lo que amplios sectores del pueblo nicaragüense -especialmente fuera de las élites opositoras que se pelean entre sí- quieren no es solo sacar a una pareja del poder. Quieren ERRADICAR el sandinismo como proyecto político, ideológico y cultural.
Ortega y Murillo no son un accidente. Son la expresión madura, autoritaria y corrupta de un movimiento que desde 1979 implantó un modelo de poder basado en el control total, la militarización de la sociedad, el culto a la personalidad, el desprecio por la propiedad privada, la instrumentalización de las instituciones y la destrucción sistemática de todo lo que no se subordinara a su narrativa. Cambiar de rostros sin arrancar de raíz esa ideología es solo cambiar de dueños. La historia de Nicaragua ya lo demostró: después de 1990 el sandinismo no desapareció; se reorganizó, mutó, se enriqueció, infiltró y volvió.
La “libertad” que invocas no es neutra. Es la libertad que concibe cierta izquierda: derechos sin deberes, individualismo sin comunidad, progreso sin trascendencia. Una libertad que relativiza los valores morales, que mira con hostilidad a la religión -especialmente a la católica- y que pretende construir una sociedad “moderna” vaciando de contenido espiritual y ético al pueblo.
Nicaragua no es un laboratorio de teorías progresistas importadas. Es un país profundamente marcado por la fe católica, por una moral popular que entiende la dignidad humana desde Dios, la familia y la tradición. Cuando el sandinismo atacó a la Iglesia, cerró medios católicos, persiguió a obispos, sacerdotes y fieles, y promovió una cultura de odio y control, no estaba solo consolidando poder político, estaba intentando rehacer el alma del país. Así que, la libertad que queremos no es la tuya. Muchos nicaragüenses exigimos erradicar el sandinismo, no solo sacar a la dinastía Ortega-Murillo.
Hablar de “acabar con la dictadura” sin hablar de erradicar el sandinismo es quedarse en la superficie. Es aceptar que el problema es solo Ortega- Murillo y no el proyecto que los produjo y que sigue vivo en estructuras, en mentalidades y en redes de poder. Es una visión que conviene a quienes quieren una transición controlada, negociada, “democrática” según los parámetros de la izquierda moderada o de las élites que nunca rompieron del todo con el imaginario sandinista. Pero no es necesariamente lo que quiere una parte importante del pueblo que ha sufrido la confiscación, el exilio, la cárcel, el hambre y la humillación.
La libertad real no es la que se reduce a elecciones formales y a derechos individuales desvinculados de cualquier orden moral. La libertad que muchos nicaragüenses anhelan incluye la posibilidad de vivir sin el miedo del Estado policial, sí, pero también de recuperar una sociedad donde la fe no sea perseguida, donde la familia no sea socavada por ideologías de género importadas, donde la propiedad y el trabajo no sean tratados como botín revolucionario, y donde la identidad nacional no se construya sobre el odio y el culto a “héroes y mártires” del sandinismo.
Tú puedes seguir escribiendo sobre la dictadura Ortega-Murillo. Es legítimo necesario denunciar sus crímenes. Pero no confundas tu diagnóstico con el de todo un pueblo. No todos los que rechazan a Ortega quieren el mismo tipo de “libertad” que tú proyectas. Cambiar de rostros no basta. El sandinismo es el verdadero enemigo.
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